Por: Claudia Gray

Me gusta la definición del Informe Bruntland de 1987: desarrollo sustentable es aquel que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades. Esta mirada integra un enfoque en el que son compatibles los aspectos ambientales con los económicos y los sociales, desde una perspectiva solidaria entre generaciones. Esto supone mejorar la calidad de la vida humana sin exceder la capacidad de carga de los ecosistemas que lo sustentan, que requiere de progresos simultáneos en dimensiones económicas, humanas, ambientales y tecnológicas.

Hay que pensar, entonces, no sólo en los elementos clave que conforman el medio ambiente en el que vivimos, sino el manejo sustentable de los recursos naturales a través de la tecnología y las prácticas habituales. Con esto me refiero a la conservación de los ecosistemas, las medidas para garantizar la calidad del agua, del aire y del suelo, la generación y el ahorro de energía, la correcta disposición de los desechos sólidos.

Hay que ser conscientes de cómo las actividades humanas interfieren, invaden y alteran el orden natural, y en esta conciencia asumir la corresponsabilidad desde las trincheras que nos tocan: los gobiernos, las escuelas, las empresas, las comunidades, las personas.

Hay que reconocer que el medio en el que vivimos se modifica, y que por lo tanto es necesario diseñar acciones de adaptación para reducir la vulnerabilidad y los riesgos derivados de los cambios en el medio ambiente, y para revertir los efectos que reducen la calidad de vida de las personas en ámbitos rurales y urbanos.

El planeta, el punto azul en el que vivimos está en riesgo y nosotros también. Las medidas para lograr un desarrollo sustentable que no comprometa las posibilidades de las generaciones futuras están dichas desde siempre. El desafío radica en hacerlas parte de una agenda consciente, intencionada, transversal e integrada que asumamos todas las personas.